El demonio rojo. Capítulo 1

Goelia era un pacífico pueblo al sureste del continente de Nortia. El mar que bañaba sus costar era el mar Oklem, que por suerte no pertenecía al terrible Océano de la Desesperación. Si no estuviese tan cerca de Tursam, el país de los malvados seguidores del Señor de la Oscuridad, el pueblo nunca habría tenido problemas de ningún tipo.
En este marco vivía el joven Lance, hijo del poderoso guerrero Lux. Lance era un niño de 12 años, tímido y extrovertido, que a su corta edad era ya todo un consumado espadachín, fruto de los entrenamientos que le impartía su padre. Debido a la escasa edad del chico, Lance usaba en los entrenamientos un florete de madera, mientras que Lux portaba una magnífica espada, arma que había descubierto por casualidad en el bosque. El guerrero había ido en una ocasión al monte para buscar leña que llevar a casa, cuando divisó un brillo en medio de la floresta. Se acercó con curiosidad al lugar y vio asombrado una magnífica espada, a la vera de una roca de considerable tamaño partida por la mitad. Examinando la roca, se dio cuenta de que tenía un corte perfecto, por lo que dedujo que la hoja del arma era la que había cortado la piedra. Lux llevó la espada al herrero del pueblo, quien se encargó de examinar con cuidado la cuchilla. Después de un rato, el hombre le devolvió el arma.

-Nunca he visto un metal como este -había murmurado-. Puede que sea una aleación de Mithril con otro metal, pero no estoy nada seguro. Sólo te voy a decir una cosa, quienquiera que la haya forjado es un auténtico genio.

Así pues, Lux había combatido junto al rey de Turán, Lood, para la defensa del reino. A pesar de que Turán quedaba muy lejos de Goelia, el rey Lood había confiado su defensa a Lux, convirtiéndolo en uno de sus soldados de honor. Su fantástica armadura era prueba de ello. Sin embargo, ahora eran tiempos de paz, a pesar de que Satán y el Señor de la Oscuridad atacaban de vez en cuando, y el poderoso guerrero raramente se veía en la necesidad de partir hacia Turán.
Pero un día, estando Lux en su casa con su hijo Lance y su mujer Enisha, el soldado recibió la visita de un emisario de Turán. Lux fue a abrirle y reconoció en él a un viejo compañero y amigo.

-¡Elmer! -exclamó el guerrero-, ¿qué haces por aquí? -pero, cuando vio el gesto preocupado del emisario, preguntó-, ¿qué ocurre?
-¡Una desgracia! -respondió Elmer-. ¡Ha ocurrido algo espantoso en Turán!
-De acuerdo -dijo Lux, intentando tranquilizar al embajador-, entramos en mi casa y me lo cuentas todo, ¿vale?

Elmer asintió con nerviosismo y se apeó de su caballo. El interior de la casa de Lux era acogedor, y esto ayudó a tranquilizar el estado de ánimo del emisario. Entraron en una pequeña sala donde estaban sentados Lance y Enisha, el hombre hizo un breve movimiento de cabeza a modo de saludo. Lux invitó al emisario a sentarse y a contarle lo sucedido.

-Bueno -dijo Elmer, respirando profundo-, la situación es ésta: un poderoso demonio irrumpió en Turán y se ha proclamado en el trono del reino.
-¿Qué? -exclamó Lux-, ¿qué… qué le ha sucedido al rey?
-Es difícil de decir -el emisario tragó saliva-. Él… él…
-Ha muerto -completó el guerrero.
-No. Quiero decir, no lo sabemos. Él… ha desaparecido.

Lux se quedó pensativo unos instantes. Nada de eso tenía sentido, no creía que el viejo rey Lood hubiera huido. El gran monarca era demasiado valeroso y bondadoso para escapar dejando en la estacada a sus leales súbditos. Debía de haberle ocurrido algo. Expulsando estos pensamientos de su mente, el guerrero decidió preguntar sobre el demonio.

-Ese demonio -continuó-, ¿dejó algún nombre?
-Sí -respondió Elmer-. Se hace llamar el Demonio Rojo.
-¿Demonio Rojo? -exclamó Lux-. Lo conozco. Apostaría mi espada a que su consejero es Zork.
-Así es, pero eso no es lo peor. Ese tal Zork está conquistando las regiones cercanas a Turán y, si sigue a este paso, él y su señor no tardarán en dominar todo Nortia.
-Sí, es grave -dijo Lux-. Tenemos que hacer algo. Ven conmigo, voy a convocar una reunión para hablar de ello.

Elmer y el guerrero salieron de la casa y citaron a numerosos guerreros de Goelia en la sala de reuniones, donde Lux quería convencerles de que debían partir a la batalla y tratar de detenerle los pies a Zork, cosa que no fue recibida de muy buen grado por los presentes. En opinión de ellos, no tenían los suficientes hombres ni la suficiente fuerza para detener al demonio. Sin embargo, tras un fulgurante discurso, el guerrero consiguió convencerles de que debían atacar, y lanzaron gritos de guerra y vítores a favor de Lux.
Pero Lance no estaba alegre. Sabía que no iba a ser una batalla sencilla, peor aún, sabía que su padre podía morir. Lux, que ya portaba su grandiosa armadura de soldado de Turán, vio triste a su hijo y le preguntó lo que le sucedía. Cuando Lance se lo contó, el gran militar sonrió con dulzura y le acarició el pelo.

-Eso no va a pasar -dijo-. Te juro que volveré, sano y victorioso. Bien, y ahora que tienes mi promesa, sécate esas lágrimas y entrénate duramente durante mi ausencia, ¿de acuerdo?
-Sí, papá -contestó Lance, sonriendo.

Sin embargo, cuando llegó la hora de la despedida, el chico no puedo evitar llorar con desconsuelo. Lux iba montado en un throster, una especie de camello-reptil que caminaba sobre dos patas y que se le ponía una silla sobre el lomo para que pudiesen ser montados. El guerrero tiró de las riendas que pendían de la boca de lagarto del throster y el animal comenzó a caminar. Antes de desaparecer en le horizonte, Lux se volvió y saludó con cariño a su hijo Lance y a su mujer Enisha. Cuando lo vieron marchar, Enisha se acercó al niño y lo abrazó para darle consuelo.
A partir de entonces, Lance tuvo que trabajar duro en la casa para ayudar a su madre con las tareas, aunque también tenía mucho tiempo libre. Pero como las calles de Goelia solían estar más bien vacías, pues la marcha de los hombres provocó un poco de abandono en las mismas.
Cierto día que Lance estaba particularmente aburrido y entristecido por la partida de su padre, el niño decidió dar una vuelta por el valle que había en el pueblo. Cuando llegó lo suficientemente lejos, el joven se llevó las manos a la cara y empezó a sollozar con desconsuelo. No se había dado cuenta de que había sido seguido desde que saliera de su casa. Cuando una voz le sobresaltó, se dio cuenta de ello:

-Hola -dijo la voz.

Lance se volvió lentamente y vio a una niña de aproximadamente la misma edad que él. Tenía el pelo rubio como el oro y un divertido lazo en el pelo, además de un rostro atractivo.

-¿Quién eres? -preguntó el joven con inseguridad.
-Me llamo Kara -contestó la niña-, ¿y tú?
-Lance -dijo el chico, sonriendo.

A partir de entonces, ambos se hicieron muy buenos amigos. La compañía de Kara hacía que Lance se sintiese mejor y que olvidase un poco las angustias que sufría últimamente. Todos los días iban a pasear al valle o a jugar a la calle. Con el tiempo, el joven empezó a sentir algo especial por ella, algo más que simple amistad.

Mientras tanto, Lux y los hombres de Goelia encontraron a Zork y a su ejército cerca del Templo de Zorbom, que tenían la intención de invadirlo. Entre ambos bandos se produjo una terrible y fatigosa batalla que sesgó la vida a muchos valerosos habitantes de Goelia, pero finalmente ellos y Lux consiguieron derrotar al ejército de orcos y trolls e hicieron huir a Zork.

buscarla muy temprano a su casa. La joven tardó su tiempo en bajar. Después de todo, se acababa de levantar. Se reunió junto a su amigo y le preguntó qué quería tan temprano.

-Bueno -balbuceó Lance-, yo… yo…
-¿Sí? -dijo Kara dulcemente.
-Es que… -continuó el muchacho y, de repente, exclamó -¡Qué día más bonito, ¿verdad?!
-¡Y para esto me despiertas a la 6 de la mañana! -gritó Kara, irritada-, ¡cuernos!

La joven le dio un buen empujón, tirándolo al suelo, y volvió a su casa para seguir durmiendo. Lance se quedó unos momentos tirado en el suelo, parpadeando atónito, y, lanzando una maldición, se levantó y regresó a su casa.
Ese día lo pasó muy triste debido al incidente. Pero esa tristeza se le pasaría muy pronto porque, al día siguiente, llegaría su padre. Lance oyó llamar la puerta y fue a abrirla. Su corazón deseaba que fuera Kara, diciéndole que le perdonaba. Pero, cuando abrió la puerta, se llevó una sorpresa aún mayor. Allí, en el umbral de la puerta, esta Lux, luciendo una amable sonrisa. Tenía abolladuras en su armadura y una venda en el brazo derecho, pero no parecía haber sufrido un excesivo daño físico. Al verle, la cara de Lance se iluminó y se lanzó a los brazos de su padre.

-Entremos -dijo Lux.

Lance fue corriendo hacia su madre y le dio la buena nueva. A Enisha se le iluminó la cara y fue en busca de su marido. Lux abrazó a la mujer y le dio un beso en la boca. Enisha llevó a su esposo a la cocina y le preparó un buen café y puso tabaco en su vieja pipa de madera. Entonces, junto a su hijo, escuchó la historia de la terrible batalla contra Zork.

-Les dimos un buen escarmiento -dijo Lux al concluir el relato-, ese maldito Zork huyó con el rabo entre las piernas como un vulgar chucho. No creo que vuelva a molestarnos.

Pero Lux se equivocaba. Zork estaba furioso por la derrota contra unos simples pueblerinos, y todos ellos pagarían con su vida. Todos los habitantes de Goelia debían morir.
Mientras, en el pueblo, Lance había retomado los entrenamientos y pudo poner en práctica los movimientos que había ensayado. Lux se sorprendió de lo mucho que había mejorado su hijo y se sintió orgullos de él. Si seguía mejorando a ese ritmo, algún día sería un guerrero mucho más diestro y poderoso que él. Aunque también a veces se asustaba un poco de lo mucho que progresaba. No sabía muy bien por qué, pero no le parecía normal.
Al día siguiente, Lance se decidió definitivamente a declarar su amor a Kara. Esta vez no metería la pata como la anterior ocasión. Después de todo, no quería morder el polvo de nuevo. Así pues, fue a buscar a la chica, aunque ahora no tan temprano como antes. Pensó llevarla al lago Rhinät y declararse allí.

-¿Qué querías decirme? -preguntó Kara.
-Prefiero decírtelo en el lago Rhinät -dijo Lance-, si no te importa, claro.
-Como quieras.

El lago Rhinät se encontraba muy lejos del centro del pueblo y era un lugar hermoso, mágico. En aquel lugar todavía se podía ver alguna Ninfa, Hada o Dama, aunque era muy raro. También había que tener cuidado con los Trasgos, ya que en esa zona del bosque eran numerosos y les encantaba hacer travesuras. Cuando llegaron, Lance se adelantó un poco a Kara y se aseguró de que no hubiese Trasgos. Entonces, la chica se le acercó y le dijo.

-A ver, ¿qué querías decirme?
-Bueno, yo… yo… -balbuceó Lance.
-¡Oye! -exclamó Kara, irritada-, ¡si me hiciste venir aquí para nada, te daré un buen coscorrón!
-Yo… te amo -completó el muchacho-, te amo, Kara.
-Yo también te amo a ti -respondió Kara, ruborizada.

La alegría le duró poco, porque cuando alzó la vista, contempló una espantosa escena: Zork, a lomos de un horrible y gigantesco dragón volador, estaba arrasando el pueblo.

-¡Están atacando Goelia! -gritó Lance.

Kara, horrorizada, se quedó petrificada unos momentos, pero en seguida reaccionó. Agarró a Lance por la chaqueta y le obligó a ir corriendo junto a ella, rumbo al pueblo. El dragón, manejado por Zork como si fuera un caballo, escupía fuego a las casas y cabañas del pueblo y sus habitantes, invadidos por el terror, corrían de un lado para el otro. No tenían arqueros ni catapultas para vencer a un ser volador. La situación era desesperada. Sólo un milagro podría salvarles, milagro que no se produciría.
Cuando Lance y Kara llegaron al pueblo, todo había quedado arrasado. Pocas casa quedaban todavía en pie y, las que quedaban, estaban seriamente dañadas. La casa de Lance fue una de las más afortunadas y, en la puerta, vio a su madre. A sus pies estaba el cuerpo sin vida de Lux. Enisha llamó tristemente a su hijo, pero el muchacho no podía apartar la vista del cadáver.

-¡Padre! -aulló de dolor-, ¡no!

El padre de Kara, Elric, llegó a la casa de Lance y dijo, gruñendo:

-¡Si no fuéramos a esa maldita batalla, esto nunca habría sucedido!
-¡Había que ir! -gritó Enisha- ¡Había que luchar por la libertad de Goelia y de Nortia!
-Tú dirás lo que quieras -dijo el padre de Kara-, pero yo me voy de este pueblo, como todos están haciendo.
-¡No! -aulló la madre de Lance-. ¡Hay que defender lo que es nuestro!
-Tú haz lo que quieras -dijo Elric-, pero yo me voy. Cogeré a mi hija y me iré de aquí.
-Papá -dijo Kara agarrando la mano derecha de su padre-, yo no me quiero ir. Yo quiero estar con Lance.
-Pero, ¿qué dices? -exclamó Elric con un gruñido-, ¡vámonos ahora mismo de aquí!

El hombre se llevó a rastras a su hija, quien alargó una mano hacia Lance, que intentó agarrarla. Al ver cómo se alejaban, el muchacho se echó a llorar y maldijo mil veces el nombre de Zork.

-No temas -le dijo su madre apoyando una mano sobre el hombro de su hijo-, tal vez la vuelvas a ver algún día.

Lance se lanzó a los brazos de Enisha y siguió sollozando desconsoladamente. Las últimas llamas que todavía se veían en el pueblo se fueron extinguiendo paulatinamente hasta que la oscuridad de la noche los envolvió a ambos.

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